ESOS TIPOS DE AL LADO

de Carlos Costa

Esos tipos de al lado

Me llamó la atención que la luz estuviera encendida detrás del muro. Que yo sepa, nunca hubo una luz en el fondo de la casa de los Méndez. Decir los Méndez siempre fue hablar de unos tipos abandonados, sumidos en la dejadez, nada que pudiera relacionarse con una lámpara encendida iluminando un jardín inexistente. Esa luz en el fondo descuidado, casi un basural, indicaba la presencia de alguien más. Alguien que yo debía estar obligado a conocer por el simple hecho de ser el vecino de atrás.

Pasaron unas horas, se hizo medianoche, la luz continuó encendida sin que ningún ruido o movimiento delatara la presencia de otro ser viviente distinto de los Méndez. Llegado ese punto me fui a la cama, ¿qué otra cosa hubiera podido hacer estando solo?

Por la mañana el resplandor del sol no me permitió saber si la luz seguía, lo que hubiera podido indicar un encendido accidental con olvido posterior, asunto factible tratándose de ellos. Después del desayuno atendí el teléfono, era Alejandra Dubock. Me pareció demasiado interesada en mi estado de salud. Tendría que haberle dicho definitivamente que renové la hipoteca de la casa por más de lo que en realidad vale, que ella y mis otros sobrinos no van a heredar nada, pero me niego a perderme el placer de imaginar sus caras cuando lo descubran.

Como no podía saber más sobre el tema de la luz, decidí poner la escalera y mirar por encima de la pared. Previamente arrojé unas piedras. De estar alguno de los Méndez por el fondo las hubiera devuelto con violencia multiplicada, en cuyo caso no habría sido conveniente asomarme. Pero las piedras permanecieron del otro lado, de modo que inicié el ascenso confiando en la impunidad del acto.

Nada había cambiado en la casa, salvo la luz, claro, que permanecía encendida. Comprobarlo, lejos de ser una solución al problema, me produjo una enorme intriga. Volví por un momento a la teoría del olvido, pero no pude sostenerla porque la instalación y el portalámparas eran nuevos. Demasiado prolijos, demasiada preocupación, demasiado extraño tratándose de ellos. De haber alguien más seguro estaría durmiendo todavía, pensé, porque apenas eran las diez y, además, domingo.

Hice algunas otras inspecciones a lo largo del día sin registrar cambios. Reinaba un absoluto silencio. Casi como si hubiera faltado el detalle de la música a todo volumen, los gritos, las peleas. Estaba cada vez más convencido de que algo extraño había sucedido. No es que estos tipos me importaran, pero de ninguna manera creí conveniente mantenerme indiferente a los hechos.

Hacia la tardecita hice una caminata, me cuidé de pasar por la vereda de enfrente a la casa de los Méndez. Estaban casi todos en la vereda con la cerveza, como siempre. Nunca supe exactamente cuántos eran, lo que era lógico ya que iban y venían todo el tiempo. Ni siquiera supe si todos se apellidaban Méndez, pero los originales se apellidaban así, y en adelante, parientes o entenados, siguieron siendo los Méndez. Vivir a los fondos de su casa no ha sido tan grave, mucho peor lo pasaban los vecinos linderos. Pobrecitos, tener que soportarlos. Me llamó la atención que entre ellos hubiera una mujer. Desde la muerte de la madre en esa casa solo habían entrado putas y el lugar de las putas era la cama. Esta no parecía una puta y estaba con ellos en el frente de la casa, así que, deduje, alguno se había traído una novia.

Estaban todos más calmados, como si la presencia de la mujer los hubiera civilizado. Ella debió haber pedido la luz. La luz como condición para venir. Para no llevarse la basura por delante, o por miedo a que alguno, que no fuera el que ella quería, se le metiera en la pieza. Sobre todo si estaban borrachos, como era su costumbre.

Pasé a la ida y a la vuelta; estaban casi igual, como en una foto, para que el barrio los viera. Eran los nuevos Méndez, con una mujer en la casa. Me preparé la cena, vi un poco de televisión, pero no pude concentrarme. La imagen de esa mujer entre todos ellos me perturbaba. Era bonita, tenía linda figura, el pelo negro suelto. Me hubiera gustado verla más de cerca, pero ya habíamos tenido muchos incidentes, eso hubiera sido una provocación. Me propuse sí una discreta vigilancia, no solo por curiosidad, sino también, creo, por ella. Si la situación se desbordaba, lo que me pareció casi seguro, sería bueno que alguien llamara a la policía.

Apenas la pude ver un par de mañanas cuando colgaba la ropa, su ropa, recién lavada. Efectivamente era una mujer atractiva y bastante más joven de lo que me pareció al principio. En la segunda de las mañanas que menciono, ella me vio espiando sobre la pared. No me quedó otra cosa que hablar. Inventé un pretexto sobre un canario que se me había escapado. Yo nunca tuve canarios, ni otro animal, pero se me ocurrió decirle un canario, que temía se lo hubiera llevado el gato, el gato de ellos naturalmente.

El gato no estaba por allí, ni el canario tampoco, me dijo. Lo primero podía ser cierto, de lo segundo no me cabían dudas. Después contestó alguna de mis preguntas y así supe que vivía con Javier María. Que era su mujer aunque se ocupó de aclarar que todavía no estaban casados. El “todavía” demostraba que pertenecía a una familia con algún grado de decencia, y que aspiraba a una vida mejor. No encontré el modo de preguntarle cómo fue que aceptó a Javier María, que si no me equivoco era de los más chicos, ni cómo se animó a convivir en esa casa. Le ofrecí mis servicios para cualquier cosa, y me pareció bien aclararle que con los Méndez no nos llevábamos bien. Ella agradeció mis buenas intenciones, tenía la sonrisa dulce y los labios pintados.

En las siguientes siete semanas no pude hablar nuevamente con ella. Pero estaba al tanto de que seguía allí por múltiples indicios: la ropa colgada, el paseo de las tardecitas, el silencio a la hora de la siesta. La noche número cincuenta o cincuenta y uno -siempre tuve la duda sobre el número exacto de días transcurridos- la luz permaneció apagada. Pese a la oscuridad busqué la escalera y eché un vistazo. Dos de los Méndez terminaban de echar las últimas paladas de tierra junto al muro divisorio. Bajé rápido sin que alcanzaran a verme. Durante los días siguientes traté de confirmar lo que fue mi sospecha. No hubo más ropa colgada, salvo un soutien que nadie retiró del alambre. Ella no estaba en la vereda por las tardes y la cumbia villera a todo volumen invadió el aire a la hora de la siesta. Puse en riesgo mi integridad asomándome repetidas veces sobre la pared para ver el túmulo que indicaba el lugar probable de enterramiento. La superficie removida coincidía perfectamente con un cuerpo no muy grande, que la tierra apisonada no podía disimular del todo, dejando a la vista una pequeña elevación.

Me sumí en la duda acerca de si llamar a la policía. Tuve por un hecho que el llamado no podría permanecer en el anonimato, que el único testigo de cualquier cosa era sin duda yo, el vecino de los fondos, el único que había hablado con la pobre mujer. Los Méndez eran muchos, no todos serían arrestados, alguno de los otros se tendría que encargar del vecino molesto. No es que tuviera un apego especial a la vida, solo que no estaba todavía preparado para afrontar las consecuencias.

Lo pensé durante algunos días, al principio me resultaba descabellado, pero con cada vuelta me pareció un poco más ingenioso: podría descuartizar el cadáver. Una mujer descuartizada siempre llama la atención. Un pedazo acá, otro más allá, los diarios, la televisión, pronto toda la policía se pone a trabajar. El rastro surge solo, todo converge sobre la casa de los Méndez. Ellos no pueden saber cómo es que la muerta terminó de esa manera. Porque son muchos y seguramente unos sospecharan de los otros y tal vez no todos sepan lo que pasó. A ninguno se le va a ocurrir que un tipo grande como yo salte la pared, desentierre el cadáver, lo meta en una bolsa, tenga fuerzas para llevarlo a su jardín, descuartizarlo y repartirlo en paquetes por el barrio.

 Bueno, eso es lo que hice. Hasta me tomé el trabajo de borrar las huellas de la escalera, de tirar tierra suelta por encima de la tumba y de trabajar todo el tiempo con los guantes de lavar los platos. Después me pegué una ducha y me puse a pelar unas chauchas para la cena. Desde ese momento tuve siempre la televisión encendida, por la expectativa de lo que pudiera pasar. Estaba tranquilo, fundamentalmente estaba tranquilo, pero tenía sí curiosidad. Nunca, y le digo la verdad, me imaginé que podía terminar así.

Sé que es difícil que usted me crea, pero yo no la maté, solamente la descuarticé cuando ya estaba muerta y bastante podrida, no entiendo cómo es que llegaron aquí y no fueron a buscar a estos tipos de al lado.

“Esos tipos de al lado” es un cuento inédito

Los libros de Carlos Costa se pueden obtener en Galerna Libros

Comentarios Añade el tuyo

  1. Estela Maris dice:

    Me pareció simple y efectivo.

  2. 'María 'Inés dice:

    ‘Me gustó mucho’!!

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