TOMAR EL CIELO

de Carlos Costa

TOMAR EL CIELO

Esa noche lo trajeron a mi casa. La anterior habría dormido en la de otro compañero de base, la casa de alguien donde pudiera pasar desapercibido. Los dos que lo acompañaban lo ayudaron a bajar, él se movía con dificultad. Yo le había dicho a Rita que se fuera a lo de su madre, “decile que te peleaste conmigo” le aconsejé, para que no tuviese que dar explicaciones. No confiaba en la vieja, nunca pudo mantenerse callada. Con la intervención de la provincia ya nada era seguro, teníamos que ser prudentes.

Me lo dejaron y se fueron. Traía un bolso con alguna ropa, una cajita de remedios y nada más. Se quedó sentado a la mesa de la cocina, la mano en la cabeza, mirándome.

—¿Comió? ¿Le preparo algo? —dije respetuoso, no hubiera podido tutearlo.

—Hacete unos mates —concedió, seguramente para frenar mi desconcierto.

Mientras cebaba, hablamos. A él le costaba un poco, arrastraba algunas palabras pero aún no desvariaba. Eso pasó al final. 

—Las contradicciones se están profundizando dentro del peronismo. La clase obrera está tomando conciencia de que la dirigencia ya no los representa. Es el comienzo de nuevas formas de lucha.

Hablaba como si yo fuera parte de la junta directiva y no un simple compañero, un último lugar donde ocultarse.

No durmió en toda la noche, seguramente el dolor no se lo permitía.  Tampoco comió. Estuve a punto de llamar al teléfono que me habían dejado pero no sabía qué decir. Le pregunté por su salud. Tardó en contestarme. 

—Los compañeros se están ocupando, no te preocupes.

No era un problema que tuviera que saber, tampoco le pertenecía, era un asunto del partido, como cualquier otro.

Siguió hablando, casi todo el tiempo.

—La clase obrera está abandonando el reformismo, es ahora el sujeto de la historia. Se sabe fuerte, se da nuevas formas de lucha. Lo imposible se torna posible.

Al amanecer recién se detuvo. Un pequeño hilo de sol entró por la ventana y quedó entre nosotros, sobre la mesa. Fui al baño. Estaba bajándome el cierre cuando alguien golpeó la puerta de calle. Insistió un par de veces antes de que pudiera salir. Eran los dos que lo habían traído y uno más joven que traía un portafolio. Se encerraron en la habitación con él.

Cuando salieron el joven dijo terminante:

—Hay que internarlo, no puede seguir acá.

—Todos los hospitales están vigilados, no hay ninguna clínica que sea segura —respondió uno de los compañeros.

—Llévenlo a otra ciudad. Esto no da para más.

—¿Cuánto tiempo tenemos para trasladarlo?

—Tiene que ser lo antes posible porque el tumor le está presionando el cerebro, debe ser intervenido con urgencia, si no es cuestión de horas.

—¿Pero está tomando lo que le dieron? 

—Corticoides, ya no son paliativos, hay que operarlo.

Cuando se fueron entré a la habitación. Estaba sobre la cama, tenía los ojos cerrados, supuse que por fin dormía. Fui al cuarto de los chicos y me acosté.

Él hablaba desde el balcón del gremio. La multitud lo seguía con atención. Al final de cada idea había cánticos, gritaban consignas. Después él retomaba, acercándose al micrófono con impulso, con decisión, como si empujara las palabras con el cuerpo. Yo estaba atrás, escuchaba pero no entendía. La voz enronquecía, se alejaba. Me desperté. Él estaba llamando desde el otro cuarto.

—Tapame. Tengo frío —dijo.

Hacía calor, la cama solo tenía la cubierta, le busqué una frazada.  Lo tapé con cuidado, apenas se movió. No alcancé a salir y me pidió que lo levantara un poco, le costaba respirar. Saqué almohadas de los otros cuartos y lo ayudé a acomodarse semisentado. Estaba temblando, me acosté con él y lo abracé. El temblor fue pasando, empezó a sudar. Nos quedamos así juntos. Creo que se durmió. En un momento sentí que se movía, me pidió el bolso, solo quedaban unas medias y una camisa. Quiso cambiarse.

—Dejame en la silla, la cama me hace mal —dijo cuando terminé de abrocharle los botones. 

Prendí la televisión, de inmediato me arrepentí. El despliegue policial era impactante. La propaganda del gobierno saturaba.

—Están desesperados, hay que decretar el paro general, hay que movilizar a la gente —repitió varias veces. No me animé a apagarlo. Le traje unas galletas con el mate. Fue un alivio ver que comía. El timbre del teléfono se superpuso a la voz del televisor. Era Rita.

—¿Cómo está todo?

—Igual. ¿Estás con tu mamá?

—No, en el trabajo —. Era peligroso que me llamara desde allí, le pedí que cortara pero antes me dijo “llamé al taller, avisé que estás con gripe”. Rita pensó por mí. Me había olvidado de llamar a la imprenta, ya no sabía en qué día estaba.

Comenzó a agitarse, decía algunas cosas, pedía una reunión. Golpeó la mesa con el puño. Comprendí que estaba desvariando. Decidí que tenía que llamar. 

El teléfono sonó en algún lado. Volvió a sonar. Nadie respondió. Corté. ¿Estaría copado el lugar? ¿Estarían por llegar? Miré por el visillo de la ventana. La calle estaba vacía, a las tres de la tarde siempre era así. Volví a la cocina.  Lo vi tranquilo, la vista fija en la pantalla.

Me senté a la mesa, solo podíamos esperar.

Como a las cuatro golpearon la puerta. Delante de la casa habían estacionado un Chevy blanco. Además de los dos compañeros que ya conocía, venía un hombre mayor. Lo llevaron hasta el auto casi en andas.  Se fueron enseguida. Dejaron el bolso. 

Murió antes de llegar. Esa misma noche lo trajeron al sindicato en el Chevy. A la tarde siguiente lo llevamos al cementerio. Una multitud siguió al cortejo. Hubo represión, más de veinte muertos y cientos de heridos. La lucha continuó por un tiempo, hasta que nos agotaron. Cuando el ejército asumió el poder, ya no hubo resistencia.

“Tomar el cielo” es un cuento inédito

Los libros de Carlos Costa se pueden obtener en Galerna Libros

Comentarios Añade el tuyo

  1. Amanda Dora Rodriguez dice:

    Me gustó mucho, mucho

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *