UN ASIENTO LIBRE

de Carlos Costa

Un asiento libre

Apenas subió pudo sentarse. Es una injusticia, ya hace media hora que viajo parado y el pendejo se sienta. Me corro un poco al espacio que dejó libre al sentarse, a lo mejor se baja pronto; tiene libros, saco bordó, bufanda, me da que es alumno de algún colegio privado; estos no suben casi nunca y cuando suben se bajan enseguida. Lo que no me cuadra es la cara, parece más grande, como de veinte, a lo mejor no es un estudiante. Ahora saca unos anteojos y se los coloca, abre uno de los libros y se pone a leer. Soné, el tipo no se va a bajar.

—Disculpe joven, ¿qué está leyendo? —le pregunta el  hombre que tiene sentado al lado.

Me doy vuelta, es raro que gente que no se conoce hable mientras viaja, a lo mejor las mujeres, pero los hombres nunca. Es un tipo grandote, de bigote, como de sesenta años.

—La Ilíada —dice seco el joven mostrando la tapa.

—Está estudiando —afirma más que pregunta el hombre.

—Soy profesor de literatura —dice el joven y la palabra “profesor” suena un poco más alta de lo debido en el ambiente hacinado del colectivo.

—¿Qué edad tiene? —Hay más bien desconfianza en la pregunta del hombre.

—Veinticuatro —dice el joven sosteniendo el libro todavía abierto.

—Mi hijo tiene veinticuatro —reflexiona en voz alta el hombre—. Es subteniente del ejército.

El joven lo mira por unos segundos, como si estuviera pensando si debe o no decir algo.

—Que bien —dice y vuelve a poner los ojos sobre el libro.

—Está asignado al operativo Tucumán.

Los ojos siguen mirando obstinadamente el libro. El hombre de al lado gira decididamente la cabeza hacia el joven.

—Están peleando con la guerrilla. La van a exterminar.

El joven cierra el libro y lo mira.

—¿No tiene miedo que lo maten? —dice con un pequeño gesto de vehemencia, como si en realidad quisiera que lo maten para que el viejo se calle.

—No. Está en inteligencia, a ellos les traen los guerrilleros que tienen que hacer hablar.

Hay como una explosión de ánimo, de satisfacción en el viejo que adelanta el cuerpo y empuña la mano derecha. El joven dice algo, no alcanzo a escuchar.

—Los atan a un jergón y les dan picana. Hablan o hablan. Les meten un palo en el culo. Una rata para que se los coma por dentro.

Miro la cara del muchacho, no hay horror, no hay nada. Como yo no le cree. Miro la gente del asiento de atrás, que debe haber escuchado, no hay gestos. Ni siquiera parecen  interesados. Es un viejo loco que está asustando al pibe. El viejo sigue con la descripción explícita de las torturas. Hay un pozo lleno de hormigas en donde meten a las mujeres, las hormigas se le “ganan” en la “concha”. Hay hombres capados a cuchillo. El pibe no resiste, cierra el libro y se para. El asiento queda vacío. Miro a una mujer que está parada al lado mío y le hago seña para que se siente.

—No, gracias, bajo enseguida.

Miro al tipo que tengo a la derecha pero no me mira. El viejo sí, me está esperando. El pibe ya se bajó, el colectivo arranca. Voy rápido hacia la puerta de atrás, “permiso”, “disculpe”, “permiso”. Alcanzo a tocar el timbre, el colectivero me mira por el espejo retrovisor. Me queda claro que lo fastidio. Insisto con el timbre. El colectivero detiene la marcha y abre la puerta.

—Hay que avisar con tiempo —me grita mientras me bajo apurado.

Camino hacia la parada, casi una cuadra. El pibe está esperando el colectivo siguiente. Me pongo en la cola, detrás de una mujer que acaba de llegar. Miro sin mirar hacia el fondo de la calle, quizás consiga un asiento.

“Un asiento libre” es un cuento inédito

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